Verde que te quiero verde.

Es lo que pienso cada vez que tengo que cruzar la carretera.

Si hay algo que odio es pasar en rojo. Me da miedo.  Soy consciente que el coche saca lo peor de cada uno. Se me pasan por la cabeza una serie de pensamientos fatalistas que mejor no los comparto.

Siempre he preferido esperar a que el semáforo se pusiera en verde y  pasar tranquila mientras los coches estaban parados.

Después de unos cuantos meses viviendo en Sydney, sigo teniendo la sensación que, cada vez que cruzo la carretera arriesgo el tipo.

Por un lado, estoy despistada con la izquierda y  la derecha. Me pasa a menudo, no sólo en la carretera. Aquí conducen por la izquierda. Antes de cruzar tengo que pensar a que lado mirar. El coche tiene prioridad en cualquier cruce.

Por otro lado, no entiendo el funcionamiento de los semáforos. Pueden llegar a ser desesperantes. Hay que tener mucha paciencia. A mi marido en éstos casos se le agota.

Cuesta tanto coger un semáforo en verde, que si lo coges te sientes afortunada.

Al parecer, el verde sólo indica que puedes empezar a cruzar.  Con lo cual, sólo dura un par de segundos. El resto de la trazada hay que cruzar en rojo.

Como no se me quita el miedo a pasar así, yo sigo apretando el botón del semáforo para ver si el rojo se convierte en el verde, que te quiero verde.

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