A deshoras.

Ocho horas o diez, es la pregunta del millón. Cuando aterrizamos  nos llevamos diez, ahora ocho.

En Nueva Zelanda doce, ahora diez. Suma y resta. Yo resto, en España suman, pero nadie se aclara. Parece sencillo, pero lo sencillo se vuelve complicado.

Suma además que si tienes familia en Brasil, Argentina o Estados Unidos, las matemáticas se vuelven complicadas.

Me levanto y miro el teléfono, tres llamadas perdidas a las  tres de la mañana. Investigo de donde proceden, compañía de teléfonos que me quieren captar como clienta. Paso.

El “wass” tampoco  ha descansado. Tengo que contestar, pero ahora estará dormida.  Bueno, contesto con la esperanza que lo tenga en silencio y lo lea en su mañana.

Así con el reloj y calculadora mental, que muchas veces falla, vas haciendo el croquis de la diferencia horaria con el resto de países.

Contesto el último “wass”, ahora ya no sé si me dijo que estaba en Brasil, España, o en Estados Unidos.  Son las nueve y veintiséis de la mañana; resto doce, ocho o diecisiete. Vaya lío.

¿ Qué hora tendrá ?

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