Amor ciego

Ahí está; puntual, elegante y cortés. Se muestra interesante, me mira, le miro, nos miramos. No me quita la mirada, síntoma de seguridad, me gusta.

Me encanta su pelo, parece suave. Con los rayos de sol el color cambia  y se aclara. El marrón suave  se vuelve pelirrojo, tengo perdición por lo pelirrojo.

Sigue impasible, seguro de sí mismo y libre. Observa a su alrededor, parece que no existo. Hablo, entonces  gira la cabeza y  me presta atención.  Habla poco y se ríe mucho.

Me mira fijamente como si estuviera loca, una vez más hablamos idiomas diferentes, el entendimiento es complicado. Yo a mi rollo y con mi rollo sigo hablando, haciendo oídos sordos a su expresión corporal.

La primera vez que nos vimos fue un encuentro casual. A partir de entonces lo busco, esperando cruzarmelo otra vez.

Miro al suelo, me ha dejado un regalo. Subo la mirada, ya se ha ido, se marchó, veloz y libre.

Una vez más la Kookaburra, pájaro típico de estas tierras, ha utilizado mi balcón de retrete. Me toca limpiar.

Aún así, me encanta que me visite todas las mañanas. Es precioso.

Mañana estaré puntual a mi cita.

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